sábado, 27 de junio de 2026

AVENIDAS DE CARTÓN Y LUZ, RELATO DE PAULINA HERRERA
Para Cece, mi pequeño ingeniero de avenidas de cartón, que me enseña cada día que la verdadera vida se construye con las manos y el corazón. Cece tenía cuatro años y un corazón tan grande que le pesaba cuando respiraba. A veces, mientras jugaba en su dormitorio lleno de carritos de colores, sentía que algo lo llamaba desde abajo. Era una voz suave, como la de un río subterráneo, susurrándole: “Ven, Cece, aquí es donde comienza todo.” Y él obedecía. Se deslizaba bajo la cama de madera oscura y entraba en otro mundo. Allí, debajo de su colchón de niño, existía una ciudad sin final. Los edificios eran cajas de zapatos con ventanas y puertas pintadas en marcador azul, tan vivas como los árboles que dibujaba en sus techos. Las farolas, hechas de palitos de helado, iluminaban avenidas de cartón donde circulaban sus carritos pequeños. Había uno rojo con un rayo negro dibujado que siempre iba al mercado de hojas secas a comprar sueños en oferta; uno azul que repartía cartas de esperanza a los habitantes que lloraban silencios; un carrito amarillo que transportaba secretos de un corazón a otro, y un carrito verde sin ruedas que cargaba las penas de la ciudad para tirarlas al río invisible que Cece había delineado con cintas celestes, en cajitas vacías de fósforos. —Aquí soy el guardián de todo esto —se decía en voz baja, para no espantar a sus habitantes imaginarios—. Aquí soy el que decide si llueve o si el sol se queda quieto para siempre. A veces, cerraba los ojos y escuchaba el bullicio de la ciudad bajo su cama: vendedores ambulantes ofreciendo nubes frescas, niños saltando charcos de luz, viejos sentados en bancos de cartón leyendo periódicos sin palabras. —Aquí… nadie crece —susurraba con un dejo de alivio—. Aquí, el tiempo no muerde. Cece sentía que esa ciudad era su verdadero hogar. Afuera estaba el mundo de los adultos, con sus palabras largas, sus relojes y sus órdenes que no entendía. Pero ahí abajo, bajo la cama, no existía el miedo. Allí su corazón flotaba, ligero como un diente de león. Cada noche, cuando su madre lo llamaba para cenar, él salía con las rodillas cubiertas de polvo y los ojos llenos de luz. Nadie imaginaba que venía de un reino secreto donde era rey, arquitecto, jardinero y amigo de todos los carritos que se movían sin necesidad de manos. El tiempo, sin embargo, no perdona. Creció, se hizo un hombre grande, con hombros anchos, manos de adulto y llaves que abrían casas sin magia. Se convirtió en alguien que pagaba cuentas y miraba el reloj con preocupación. Pero en algún lugar de su pecho seguía latiendo la ciudad Ahora, en la casa de su padre, un maletín negro reposa en el altillo. Allí están todos sus carritos pequeños, mudos y apretados, como recuerdos dormidos. A veces, cuando sube y lo abre, escucha un murmullo suave que le roza el oído: “Estamos aquí. No te vayas, no sin antes jugar.” Y Cece, con los ojos llenos de niebla, saca uno de los carritos y lo coloca sobre la madera polvorienta. Entonces cierra los ojos y vuelve a ser ese niño que se decía a sí mismo: —Aquí no existen los días malos. Aquí todos los días tienen alas. Y mientras empuja suavemente el carrito, siente que las avenidas de cartón se abren nuevamente ante él. Vuelve a escuchar a los vendedores de nubes, a los niños que saltan charcos de luz, al carrito verde que, aunque no tiene ruedas, sigue cargando penas para vaciarlas en el río invisible. Porque Cece aprendió, con los años, que lo que construimos en la infancia no desaparece: se esconde en un rincón de nuestra alma, aguardando en silencio a que volvamos. Esos reinos invisibles nos recuerdan que la vida no se mide por lo que logramos afuera, sino por los mundos que sabemos inventar adentro. Y cada vez que el cansancio le ruge en los huesos, Cece se dice: —Si bajo mi cama existía una ciudad, bajo este cansancio también puedo crear un reino. Si mi corazón podía inventar avenidas, también puede inventar esperanza. Entonces empuja su carrito una vez más, y su corazón, cansado de adultez, se aligera y vuelve a latir con la fuerza limpia y valiente de un niño de cuatro años que nunca dejó de jugar.

No hay comentarios: