AVENIDAS DE CARTÓN Y LUZ, RELATO DE PAULINA HERRERA

Para Cece,
mi pequeño ingeniero de avenidas de cartón,
que me enseña cada día
que la verdadera vida se construye
con las manos y el corazón.
Cece tenía cuatro años y un corazón tan grande que le
pesaba cuando respiraba. A veces, mientras jugaba en su
dormitorio lleno de carritos de colores, sentía que algo lo
llamaba desde abajo. Era una voz suave, como la de un río
subterráneo, susurrándole:
“Ven, Cece, aquí es donde comienza todo.”
Y él obedecía. Se deslizaba bajo la cama de madera oscura y
entraba en otro mundo.
Allí, debajo de su colchón de niño, existía una ciudad sin final.
Los edificios eran cajas de zapatos con ventanas y puertas
pintadas en marcador azul, tan vivas como los árboles que
dibujaba en sus techos. Las farolas, hechas de palitos de
helado, iluminaban avenidas de cartón donde circulaban sus
carritos pequeños. Había uno rojo con un rayo negro dibujado
que siempre iba al mercado de hojas secas a comprar sueños
en oferta; uno azul que repartía cartas de esperanza a los
habitantes que lloraban silencios; un carrito amarillo que
transportaba secretos de un corazón a otro, y un carrito verde
sin ruedas que cargaba las penas de la ciudad para tirarlas al río
invisible que Cece había delineado con cintas celestes, en
cajitas vacías de fósforos.
—Aquí soy el guardián de todo esto —se decía en voz baja,
para no espantar a sus habitantes imaginarios—. Aquí soy el
que decide si llueve o si el sol se queda quieto para siempre.
A veces, cerraba los ojos y escuchaba el bullicio de la
ciudad bajo su cama: vendedores ambulantes ofreciendo
nubes frescas, niños saltando charcos de luz, viejos sentados
en bancos de cartón leyendo periódicos sin palabras.
—Aquí… nadie crece —susurraba con un dejo de alivio—.
Aquí, el tiempo no muerde.
Cece sentía que esa ciudad era su verdadero hogar. Afuera
estaba el mundo de los adultos, con sus palabras largas, sus
relojes y sus órdenes que no entendía. Pero ahí abajo, bajo la
cama, no existía el miedo. Allí su corazón flotaba, ligero como
un diente de león.
Cada noche, cuando su madre lo llamaba para cenar, él
salía con las rodillas cubiertas de polvo y los ojos llenos de luz.
Nadie imaginaba que venía de un reino secreto donde era rey,
arquitecto, jardinero y amigo de todos los carritos que se
movían sin necesidad de manos.
El tiempo, sin embargo, no perdona. Creció, se hizo un
hombre grande, con hombros anchos, manos de adulto y
llaves que abrían casas sin magia. Se convirtió en alguien que
pagaba cuentas y miraba el reloj con preocupación. Pero en
algún lugar de su pecho seguía latiendo la ciudad
Ahora, en la casa de su padre, un maletín negro reposa en el
altillo. Allí están todos sus carritos pequeños, mudos y
apretados, como recuerdos dormidos. A veces, cuando sube y lo
abre, escucha un murmullo suave que le roza el oído:
“Estamos aquí. No te vayas, no sin antes jugar.”
Y Cece, con los ojos llenos de niebla, saca uno de los carritos
y lo coloca sobre la madera polvorienta. Entonces cierra los ojos
y vuelve a ser ese niño que se decía a sí mismo:
—Aquí no existen los días malos. Aquí todos los días tienen
alas.
Y mientras empuja suavemente el carrito, siente que las
avenidas de cartón se abren nuevamente ante él. Vuelve a
escuchar a los vendedores de nubes, a los niños que saltan
charcos de luz, al carrito verde que, aunque no tiene ruedas,
sigue cargando penas para vaciarlas en el río invisible.
Porque Cece aprendió, con los años, que lo que construimos
en la infancia no desaparece: se esconde en un rincón de
nuestra alma, aguardando en silencio a que volvamos. Esos
reinos invisibles nos recuerdan que la vida no se mide por lo que
logramos afuera, sino por los mundos que sabemos
inventar adentro.
Y cada vez que el cansancio le ruge en los huesos, Cece se
dice:
—Si bajo mi cama existía una ciudad, bajo este cansancio
también puedo crear un reino. Si mi corazón podía inventar
avenidas, también puede inventar esperanza.
Entonces empuja su carrito una vez más, y su corazón,
cansado de adultez, se aligera y vuelve a latir con la fuerza limpia
y valiente de un niño de cuatro años que nunca dejó de jugar.